Muchas veces pensé que al salir del pueblo y dirigirme a la capital toda la rutina, decadencia y estancamiento se quedaban ahí. Para siempre encerrados en las interminables tardes rurales, donde todo es más lento, donde todavía se puede escuchar el sonido de una naturaleza que no se molesta por cambiar.
Atrás quedaban el polvo de las calles, la tranquilidad abrumadora y desesperante de los días que se repetían uno tras otro. Atrás quedaron los amigos, la familia y un estilo de vida que ya no se ajustaba a la velocidad que yo quería sentir.
El viaje no costó nada. No hubo arrepentimiento cuando las ruedas del vehículo giraban sin parar por la carretera. Y llegué.
La ciudad me encandiló, las luces brillaban y me sentía feliz perdido en un mar de gente, siendo un desconocido. Uno más que deambula por ahí sin un rumbo fijo.
Llegó la noche, sentí su calor en verano y entendí que se duerme poco o casi nada. Escuché el murmullo permanente, incluso en los momentos más silenciosos y comprendí que puedes ser alguien diferente cada día.
Viví en “La esquina del horror” como le dicen mis amigos. En el corazón de la ciudad, en el centro. Donde todos van de día y se alejan de noche. Y mientras atardece la poca luz da paso a un mundo decadente y desolador.
Mendigos, indigentes, recolectores de basura, cartoneros, prostitutas, lanzas, taxi boys , alcohólicos, oficinistas, ancianos, desadaptados, bailarinas y gente de las todas las clases sociales transitan perdidos por sus calles oscuras y solitarias.
Sin darme cuenta me transformé en uno más, era parte de la atracción, otro personaje de la obra colectiva.
Recuerdo muy bien los gatos de la entrada de mi edificio, los conserjes que no les importaba nada, sólo que el tiempo pasara rápido. Las escalas añosas, que en otro tiempo demostraban elegancia.
Las paredes blancas y la poca luz de mi departamento. El patio interior que era un mundo perdido y ese color gris de la ciudad producto del smog que al final siempre lo cubre todo.
Los sonidos interminables a lo lejos, los autos pasando una y otra vez, las bocinas de las micros, la sirena de ambulancia y los pacos. Las fuentes de soda abiertas hasta el amanecer. Las calles mojadas, brillantes y extrañas.
Poco a poco, lo que parecía libertad se transformó en encierro. Y mi departamento en una celda. La multitud me comenzó a chocar cuando miré sus caras sin expresión. El hambre lo perdí cuando vi a una familia comer de la basura que dejó en la calle una cadena de comida rápida.
Entonces comencé a mirar el vació, fijé un punto en el horizonte sin focalizar nada y me puse audífonos. Estaba y no. Deambulaba entre sus mundos y el mío, de fondo la ciudad como un gran escenario cambiante. Como un observador permanente.
Dejé por momentos la música y me concentré en las historias que estaban ahí por millones delante de mis ojos. Quise entender sus caras, pero uno imagina y no dimensiona el dolor. Conocí la fe y también el abandono. La desilusión, el conformismo y la soledad.
Al final no odié a la ciudad, como muchos lo hacen. No quise volver corriendo a la vida rural, pero entendí que la rutina y el estancamiento están en todos lados.
Simplemente, fui entregando parte de mi energía a este gran ser gris. Ese es el precio que uno paga por estar acá.
Hoy viendo la película “La buena vida” de Andrés Wood vi reflejadas esas historias, que siempre escuché, pero que no quise oír. Que tuve delante de mis ojos, pero que no observé. Que me pidieron ayuda, pero simplemente arranqué.
Y me siento en deuda, pero entiendo que no hay que se pueda hacer, que la vida es cruel. Que el tiempo no vuelve y por más que lo intente la ciudad sigue avanzando, no para, no duerme, no espera.
Cierro los ojos buscando el silencio, pero aun siento el murmullo de los autos a lo lejos. De fondo Chinoy canta: “Para el final quería más y estuvo tu voz y estuvo tu voz…”